– Mac, qué gusto me da oírte -dijo Jack-. ¿Ya estás en casa de tu madre?

– Sí, señor. Llegué aquí sana y salva. Oye, escuché Oro ennegrecido todo el camino hasta aquí, y la armonía en la palabra "equivocado" todavía no me convence. Creo que debería ser un mi bemol en lugar de un mi natural. ¿Puedes hacer que Carla vaya a grabarla de nuevo?… ¿Todavía tiene problemas con su voz?… Bueno, pregúntale, ¿sí?… Gracias, Jack. Luego me la envías por mensajería en cuanto la tengas, ¿de acuerdo? No estaré aquí mañana… mañana es la operación, pero te llamaré desde el hospital… claro. Gracias, Jack. Adiós.

Su madre tenía una expresión de asombro.

– ¿Tienes que volver a grabar toda la canción otra vez sólo por una palabra?

– Se hace todo el tiempo. A veces grabamos la pista de una armonía completa y jamás la usamos.

Tess guardó los duraznos en el refrigerador y dejó el tenedor en el fregadero. Por la ventana situada frente a éste veía con gran claridad el jardín de la señora Kronek. La calle estaba dividida por un callejón sin pavimentar y ambos lotes tenían exactamente la misma disposición, uno a cada lado. Casas, senderos y jardines eran simétricos, como las manchas en las alas de una mariposa. Las cocheras estaban construidas al lado del callejón, tan cerca una de otra que sus puertas quedaban perpendiculares con respecto a él. Mientras Tess observaba, una de las puertas de enfrente comenzó a subir. Luego llegó un automóvil y entró en la cochera de la señora Kronek. Un momento después, un hombre alto, de traje, salió con un portafolios. Caminó por la vereda hasta la puerta trasera de la señora Kronek.

– ¿Quién es? -preguntó Tess.

Mary se levantó y echó un vistazo.

– Pues es Kenny Kronek… debes recordarlo.

– ¿Kenny Kronek? -Tess lo observó subir los escalones y entrar en el porche encristalado. Era esbelto y de cabello oscuro, y miró hacia afuera antes de que la puerta se cerrara tras él-. ¿Te refieres a ese idiota al que siempre le sangraba la nariz?



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