Se dice que la noche del 14 de julio de 1789, tras la caída de la Bastilla, Luis XVI le preguntó al duque de La Rochefoucauld: «¿Se trata de una revuelta?», a lo que el duque, muy influido por los términos científicos y astronómicos que empezaban a popularizarse por aquellos tiempos, respondió: «No, sire, se trata de una revolución»… No se equivocaba La Rochefoucauld: aquello era una revolución. Un giro copernicano impulsado por los mejores sentimientos del ser humano, el deseo de libertad, de fraternidad, de igualdad. Un viraje de ciento ochenta grados concebido para acabar con los antiguos privilegios, con la esclavitud y con la diferencia de clases, pero que terminó como Saturno devorando a sus hijos. «El sueño de la razón produce monstruos», escribió Goya para acompañar una de sus pinturas negras, y lo mismo podría decirse del tiempo histórico que todos conocemos como la Revolución francesa: uno en el que el ser humano fue capaz de lo más sublime y también de lo más bajo y abyecto. En este escenario y con estos mimbres se trenzó la historia de Teresa Cabarrús y la de aquel bello sueño.

EL RECUERDO DE LA GUILLOTINA

Me aseguran que será una muerte indolora. Dicen que sólo hay que cerrar los ojos y esperar unos segundos, apenas diez o doce. Primero oiré el silbido de la cuchilla, luego un leve soplo de aire que se desplaza y a continuación un golpe seco, nada más. El modo en que hay que comportarse antes de la llegada al patíbulo lo estuvimos ensayando ayer con detalle. Porque aquí donde me encuentro ahora, en la prisión de La Force, en París, nos dedicamos a escenificar nuestra propia muerte. Se trata de una peculiar forma de pasar el tiempo y de asegurar que entramos en la Historia del modo más hermoso. Cuando me trajeron hace unos días, a duras penas podía creer lo que estaba viendo; damas y caballeros cuya decapitación estaba prevista a las pocas horas se entretenían en repasar los detalles de su postrera escena: la manera de mantener alta la cabeza en todo momento, la mirada firme.



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