Incluso ensayaban–ensayamos–el mejor modo de apretar la mandíbula para refrenar su posible castañeteo durante el viaje en carreta hasta el cadalso. «Habéis de procurar–me dijo ayer mismo un anciano caballero de barba entrecana que hoy ya no está con nosotros–llevar dos camisas ese día. Estamos en verano, es cierto, pero las bajas temperaturas de buena mañana son traicioneras y nadie debe tomar por miedo lo que es tan sólo el natural estremecimiento que produce el frío. Y ahora, mi querida amiga–añadió, mirando a otra de las prisioneras, una bella criolla que, según me dicen, se llama madame de Beauharnais-, ensayemos un poco más, es vuestro turno».

Sin embargo, la viuda de Beauharnais no gusta de estos juegos. Ella prefiere llorar su suerte en silencio (y a veces muy ruidosamente). No hay nada que objetar, cada uno se enfrenta a su fin como mejor puede: desolación o dignidad, qué importa la actitud que se elija, las dos conducen hacia la misma cuchilla afilada. Aun así, creo que yo, llegado el momento, elegiré la segunda: la mirada muy alta y dos camisas, para que el frío de la mañana no pueda hacerme temblar. Papá decía siempre que la petite Thérèse tenía una vena teatral muy considerable, y papá siempre tenía razón; no le desdigamos por tanto: mi forma de morir se asemejará pues a la de esos que juegan a escenificarla del modo más bello. Y ahora veamos, observemos un poco más para ver cómo se preparan para el postrero viaje mis otros compañeros de suerte. Por allí veo a una muchacha. No puede tener más de quince años. Lleva el pelo cortado a la altura de la nuca para no entorpecer la caída de la Gran Igualadora. Sí, así llamamos aquí a la guillotina. También la llamamos Louisette o la Viuda o de otras mil maneras. Y a ser guillotinado lo llamamos «mirar por la ventana revolucionaria» o «dejarse rasurar por la navaja nacional».



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