
— ¿Cómo va la vida, truchas?
— Bastante bien, gracias muchas.
Conozco tu conducta, tus fatigas y tu paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño…
PRIMERA PARTE
Basurero
UNO
Los bidones estaban herrumbrosos y abollados, con las tapas fuera de su lugar. De ellos sobresalían jirones de periódicos y mondas de patatas. Se asemejaban a la boca de un pelícano desaliñado, capaz de devorar cualquier cosa. Por su aspecto parecían pesar muchísimo, pero en realidad, con la ayuda de Van, no costaba nada levantar de un tirón uno de los bidones hasta los brazos extendidos de Donald y colocarlo sobre el borde de la plataforma del camión. Sólo había que tener cuidado de no pillarse los dedos. A continuación, uno podía arreglarse las mangas y respirar un poco por la nariz mientras Donald balanceaba el bidón y lo hacía rodar para acomodarlo en el camión.
Por las puertas abiertas de par en par entraba un húmedo frío nocturno, bajo el arco de la entrada del patio se balanceaba una bombilla desnuda, amarillenta, que colgaba de un cable mugriento. A la luz de la bombilla, el rostro de Van parecía el de una persona enferma de ictericia, mientras que el sombrero lejano de ala ancha no permitía ver la cara de Donald. Las paredes, grises y desconchadas, estaban surcadas por grietas horizontales. Bajo los arcos colgaban jirones oscuros de telarañas polvorientas. Había algunos dibujos de mujeres en poses provocativas, de tamaño natural, y junto a la entrada a la caseta del conserje se amontonaban en desorden botellas y latas vacías que Van recogía, clasificaba después con minuciosidad y llevaba a reciclar.
