Alvin ignoró el camino rodante y siguió a pie por la estrecha acera, un gesto excéntrico, ya que tenía varias millas que caminar. Pero a Alvin le gustaba el ejercicio, servía para relajarle la mente. Además, había tantas cosas que ver que resultaba una lástima pasar de largo sin contemplar de cerca las últimas maravillas de Diaspar, cuando tenía ante él una verdadera eternidad de tiempo.

Era la costumbre de los artistas de la ciudad, y todos sus ciudadanos lo eran en una u otra ocasión el mostrar públicamente sus producciones corrientes a lo largo de los caminos móviles, para que los transeúntes pudiesen admirar su trabajo. De esta manera, era usualmente cosa de pocos días el que la totalidad de la población de Diaspar hubiese criticado y examinado cualquier producción notable expresando así sus diferentes puntos de vista al respecto de la creación artística. El veredicto resultante, registrado automáticamente por dispositivos especiales que recogían las opiniones de forma tal que nadie pudiera sobornar o alterar, aunque alguna vez se habían realizado intentos en tal sentido, decidían la aparición de una obra maestra. Si existían bastantes votos afirmativos, su forma iría a parar a la memoria de la ciudad, de tal manera que cualquiera que lo deseara, en cualquier fecha futura, pudiese poseer una reproducción absolutamente indistinguible del original.

Las obras de menos éxito, seguían el camino de tales trabajos bien disolviéndose en sus materiales elementales de origen o expuestas en los hogares de los amigos del artista.



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