Alvin tan sólo vio un objeto de arte en su jornada que realmente llamó su atención. Era una creación casi abstracta, como la reminiscencia pura de una flor a punto de abrirse a la luz. Creciendo lentamente y procedente de un diminuto núcleo de color, expandiría sus complejas espirales y estructuras para después colapsarse y. recomenzar de nuevo el ciclo. Aun así no del todo con exactitud, puesto que no había dos ciclos idénticos. Aunque Alvin la observaba a través de una especie de pulsaciones cada vez se producían unas sutiles e indefinibles diferencias, aunque la pauta básica permanecía la misma.

Alvin sabía por qué le gustaba aquella pieza de intangible escultura. Su ritmo expansivo, daba una impresión de espacio… casi de evasión. Por tal razón, no llamaría probablemente la atención de la mayor parte de sus compatriotas. Tomó nota del nombre del artista y decidió visitarle en la más próxima oportunidad.

Todos los caminos, tanto los móviles como los estacionarios, llegaban a un fin, al alcanzar el Parque que era el gran corazón verde de la ciudad. Allí, en un espacio circular de tres millas de anchura, se hallaba un recuerdo de lo que la Tierra había sido antes de que el desierto lo engullera todo, excepto Diaspar. Primero, un gran cinturón de hierba, después arbustos que crecían en árboles más y más altos y espesos conforme se caminaba hacia delante bajo su sombra. Al propio tiempo, el terreno se inclinaba suavemente hacia abajo, de tal forma que cuando al final se emergía del bosque quedaba desvanecido todo rastro de la ciudad, escondida por una pantalla de árboles.

La amplia corriente acuosa que Alvin tenía frente a sí, era llamada sencillamente el Río. No tenía otro nombre, ni lo precisaba. A intervalos, era cruzado por estrechos puentes y fluía alrededor del Parque en un círculo cerrado y completo, roto ocasionalmente por algunos lagos. Aquel río de rápida corriente, volvía sobre sí mismo tras un recorrido de unas seis millas y nunca había sorprendido a Alvin con nada fuera de lo normal, en realidad ni siquiera había pensado dos veces respecto a la cuestión de sí en cualquier punto de su circuito, el Río hubiese fluido colina arriba. Había cosas mucho más extrañas que aquélla en Diaspar.



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