Una docena de personas jóvenes estaban nadando en uno de los pequeños lagos de su recorrido y Alvin se detuvo para observarlas. Conocía a la mayor parte de vista, aunque no por sus nombres y por un momento estuvo tentado de unirse a su distracción. Pero el secreto que llevaba en su interior le decidió contra tal decisión y se contentó con su papel de simple observador.

Físicamente, no había forma de decir cuáles de aquellos jóvenes ciudadanos habían salido de la Sala de Creación en aquel año, o cual vivía en Diaspar tanto tiempo como Alvin mismo. Aunque existía una considerable variación en altura y peso, tales características no tenían correlación alguna con la edad. La gente nacía sencillamente de aquella forma y aunque por término medio, cuanta mayor talla tenía una persona, mayor era su edad, no constituía una regla segura para ser aplicada a menos que no hubiesen transcurrido siglos de tiempo.

El rostro de la persona era una guía más segura. Algunos de los recién nacidos eran más altos que Alvin, pero tenían un aspecto de falta de madurez y una expresión de maravillada sorpresa ante el mundo en que se encontraban, que lo revelaba inmediatamente. Resultaba extraño pensar, que aletargadas y sin desvelar todavía en sus mentes, existían infinitas vivencias que pronto podrían ir comenzando a recordar. Alvin les tuvo envidia en este aspecto, aunque no estuvo muy seguro de sí debería hacerlo así. La primera existencia de un ser es un precioso regalo que jamás puede repetirse. Resultaba maravilloso ver la vida por primera vez, como en la frescura de una aurora, al amanecer. Si hubiera otros como él, con quienes poder compartir sus pensamientos y sensaciones…



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