
Con todo, Alvin estaba fundido en el mismo molde como aquellos muchachos que jugueteaban en el agua del Río. El cuerpo humano no había cambiado en absoluto en los mil millones de años desde la construcción y fundación de Diaspar, puesto que el diseño básico había sido archivado inalterado en los bancos de memoria de la ciudad. Había cambiado, no obstante, en comparación con su original y primitiva forma, aunque la mayor parte de las alteraciones eran internas y no visibles a la vista. El Hombre se había reconstruido muchas veces en su larga historia, en el esfuerzo de abolir los defectos y males de la carne que constituían su herencia.
Detalles tales como los dientes y uñas se habían desvanecido.
El cabello se había quedado confinado a la cabeza; ya no quedaba traza alguna del pelo en el resto del cuerpo. La característica que más habría podido sorprender a cualquier hombre de las remotas edades pasadas, sería sin duda, la desaparición del ombligo. Su inexplicable ausencia le habría dado mucho en que pensar, por lo mismo que a primera vista, se hubiera encontrado chasqueado ante el problema de distinguir al macho de la hembra. Hubiera incluso llegado a la conclusión de que apenas existía diferencia, lo que en realidad, hubiera constituido un grave error. En las apropiadas circunstancias propias de la época, no había duda alguna respecto a la masculinidad de cualquier varón de Diaspar. Era sencillamente que su disposición externa respecto a los órganos diferenciales se hallaba más perfectamente oculta cuando no era precisa, y su conservación interna enormemente mejorada respecto a la original dispuesta por la Naturaleza, inelegante y desde luego debida en gran parte a disposiciones desarrolladas un tanto al azar en sus primeras edades sobre la Tierra.
Era cosa cierta que la reproducción había dejado ya tiempo ha de ser algo concerniente a una función corporal, en que tal función reproductiva consistía en mucho dejar que el azar influyese en la génesis de un cuerpo como una partida de dados tirados al aire.
