
Alvin dejó a sus juguetones contemporáneos y continuó hacia el centro del Parque. Allí existía un incontable número de senderos cruzándose y volviéndose a cruzar a través de la baja espesura y ocasionales descensos por suaves hondonadas entre grandes rocas recubiertas de líquenes. Se encontró con una máquina poliédrica flotando entre las ramas de un árbol, no más grande que la cabeza de un hombre. Nadie sabía con certeza cuantas variedades de robots había en Diaspar, en general solían apartarse de las personas y llevar a cabo sus cometidos con tal perfección que resultaba bastante raro encontrarse con alguno.
En aquel momento, el terreno comenzó a elevarse de nuevo. Alvin se aproximaba a la pequeña colina que se hallaba en el mismo centro exacto del Parque, y en consecuencia, de la propia ciudad de Diaspar. Para llegar había muy pocos obstáculos en el camino, teniendo así una clara visión de la cima de la colina y del sencillo edificio que la coronaba. Llegó un tanto fatigado al final de la meta propuesta y le encantó quedarse descansando con la espalda apoyada contra una de las columnas de color rosado y mirar el camino que le había llevado hasta allá.
Existen ciertas formas arquitectónicas que nunca pueden cambiar por haber alcanzado la perfección. La Tumba de Yarlan Zey pudo haber sido diseñada por los constructores de templos de las primeras civilizaciones que el hombre hubo conocido, aunque resultaba imposible imaginar de qué clase de materiales estaba construida.
