El techo estaba abierto a pleno cielo y la simple cámara estaba pavimentada con grandes losas que a primera vista daban la impresión de ser piedra natural. Pero durante edades geológicas enteras, los pies humanos habían cruzado, y vuelto a cruzar aquel piso sin dejar la menor traza ni desgaste en aquel material inconcebiblemente sólido y perfecto.

El creador del gran Parque, esto es, el mismo constructor de la propia Diaspar, aparecía sentado con unos ojos literalmente inclinados hacia abajo, como examinando los planos extendidos sobre sus rodillas. Su rostro aparecía con una tal curiosa ausencia de cuanto parecía rodearle, que había sorprendido y dejado confuso al mundo durante incontables generaciones de seres humanos. Algunos habían opinado que sólo se trataba de un gesto producto de la imaginación del artista; pero a otros les parecía que Yarlan Zey sonreía a algún secreto indescifrable.

La totalidad de la construcción en sí, era un enigma, ya que nada de cuanto concernía a aquella construcción arquitectónica podía ser investigado, ni existía traza alguna en los archivos y registros de la ciudad. Alvin, ni siquiera estaba seguro de lo que significaba la palabra «tumba»; Jeserac pudo probablemente habérselo dicho, ya que era tan aficionado a coleccionar palabras antiguas y salpicar su conversación con ellas, para la confusión de quienes le escuchaban.

Desde aquel punto central ventajoso, Alvin pudo mirar claramente por todo el Parque, por encima de las barreras de árboles y a las lejanías de la gran ciudad. Los edificios más próximos, se hallaban casi a dos millas de distancia, formando como un cinturón de baja altura circundando el Parque. Más allá, fila tras fila de otros edificios cada vez más altos, se encontraban las torres y las terrazas que constituían el núcleo central de Diaspar. Aquello se extendía milla tras milla, como escalando poco a poco el propio cielo, haciéndose cada vez más completo y más impresionante.



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