— Bien… — dijo Mystra al fin— ¿qué vas a hacer?

— No puedo evitarlo: creo que esas reglas son algo estúpido. Además ¿cómo puedo recordarlas mientras estoy viviendo una leyenda? Yo me conduzco en la forma que me parece más natural. ¿No querías tú realmente echar un vistazo a la montaña?

Los ojos de Mystra se dilataron con horror.

— ¡Eso habría significado salir al exterior! — exclamó asustada.

Alvin sabía que resultaba inútil seguir adelante en aquella conversación. Allí estaba la barrera que detenía toda la gente de aquel mundo y que podría condenarle él a una vida de total frustración. Siempre estaba deseando salir al exterior de la ciudad, tanto en la realidad como en los sueños. Pero en Diaspar, el «exterior» era una pesadilla a la que no podía nadie encararse. Nadie hablaba del asunto y se evitaba a toda costa, era algo sucio y maligno. Ni incluso Jeresac, su tutor, le habría podida explicar por qué…

Mystra continuaba observándole con ojos tiernos, aunque confusa.

— Te veo desgraciado, Alvin — le dijo ella —. Nadie debe serlo en Diaspar. Déjame que te hable sobre eso.

Poco galante en aquella ocasión, Alvin sacudió la cabeza negativamente. Sabía a dónde le llevaría tal clase de conversación con la joven, y por el momento lo único que deseaba era quedarse solo. Doblemente decepcionada, Mystra se desvaneció.

En una ciudad de diez millones de habitantes, pensó Alvin, no existía realmente una sola persona con quién poder hablar. Eriston y Etania le apreciaban a su manera, pero ahora que terminaba el período de tutela, ambos se alegraban, y eran felices en cierto modo de dejarle que viviera su vida a su gusto y tuviese sus propias diversiones. En los últimos años recientes, haciéndose la divergencia más y más patente entre su propia personalidad y la de sus tutores, Alvin había llegado casi a sentir un cierto resentimiento hacia ellos y había advertido en lo vivo, igual resentimiento respecto a él, en sus tutores.



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