
Veinte años. Alvin pudo recordar aquel primer momento y las primeras palabras que oyó: «Bienvenido, Alvin, yo soy Eriston, designado como tu padre. Aquí tienes a Etania, tu madre.» Aquellas palabras no habían significado nada entonces, pero su mente las había registrado con una aguda precisión fijándolas en sus recuerdos. Alvin recordó de qué forma se había mirado a su propio cuerpo; entonces era apenas una o dos pulgadas más bajo de talla cuestión que apenas se había alterado desde el momento de su nacimiento. Había llegado al mundo casi en idéntica forma a como se encontraba ahora y apenas si había cambiado, ni cambiaría sino únicamente de forma muy ligera en altura corporal, cuando estuviera a punto de abandonar aquel mundo, a mil años de distancia de su presente actual.
Antes de aquel primer recuerdo, no había existido nada para Alvin. Un día, quizás, volvería a la misma nada; pero aquello era un pensamiento tan remoto, que apenas podía influir en sus sensaciones de ningún modo.
Volvió una vez más el curso de su mente y sus pensamientos hacia el misterio de su nacimiento. No le parecía extraño a Alvin que pudiera haber sido creado, en un simple momento del curso del tiempo, por poderes y fuerzas que constantemente materializaban toda clase de objetos en su vida diaria. No, aquello no era el misterio. El enigma que nunca había estado en condiciones de resolver que nadie podría seguramente estar en condiciones explicarle, residía en su calidad de ser Único.
Único. Era algo extraño, una triste palabra… y una cosa extraña y triste que ser. Cuando se le aplicaba a él, como mente lo había oído decir, cuando nadie creía que él pudiera escucharlo, le parecía poseer un aciago que le amenazaba más que a su propia felicidad.
