Los anocheceres en Orithya no eran ni con mucho tan fríos como en las montañas, o incluso en los alrededores del lago Diuturna, así que aunque me acordé de la manta que había encontrado en la mochila del muerto no llegué a necesitarla. Mi tarea me había calentado, la comida me había dado vigor y por un rato me paseé en la penumbra, blandiendo la cimitarra cuando esos ademanes guerreros convenían a mis pensamientos pero siempre manteniendo el fuego entre el muerto y yo.

Como a menudo he dicho en esta crónica, los recuerdos siempre se me han aparecido casi como alucinaciones. Esa noche sentí que podía perderme en ellos para siempre, haciendo de mi vida no una línea recta sino un rizo. Todo cuanto les he descrito volvió en tumulto, y un millar de cosas más. Vi la cara de Eata y su mano pecosa cuando intentaba deslizarse entre los barrotes de la necrópolis, y la tormenta que había contemplado una vez en las torres de la Ciudadela, debatiéndose y restallando en relámpagos; sentí la lluvia que me corría por la cara, mucho más fresca que el tazón matinal en nuestro refectorio. La voz de Dorcas me murmuró al oído: «Sentada en una ventana… platillos y una reja. ¿Qué harás, convocar Erinias para que me destruyan?» Sí. Claro que sí, de haber podido lo habría hecho. De haber sido Hethor, las habría traído desde algún horror escondido tras el mundo, aves con cabeza de bruja y lengua de víbora. A mi orden habrían segado los bosques como si fueran trigo y arrasado ciudades con sus grandes alas… y con todo, de haber podido, a último momento yo habría aparecido para salvarla: no para alejarme después fríamente como deseamos todos cuando, de pequeños, nos imaginamos rescatando y humillando al ser querido que nos hizo una supuesta ofensa, sino para alzarla en mis brazos.



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