
Entonces, creo que por primera vez, supe qué terrible tenía que haber sido para ella, que al llegar la muerte había sido apenas una niña, y que habiendo estado muerta tanto tiempo, la hubieran hecho volver.
Y pensándolo recordé el soldado muerto cuyas provisiones había comido y cuya espada estaba empuñando, y me detuve a escuchar si respiraba o se movía. Pero tan perdido estaba en los mundos de la memoria que me parecía que la blanda tierra del bosque que pisaba había surgido de la tumba que Hildegrin había saqueado para Vodalus, y que el murmullo de las hojas era el susurro de los cipreses en nuestra necrópolis y el rumor de los rosales florecidos de púrpura, y que esperaba, esperaba en vano oír el aliento de la mujer muerta que Vodalus había levantado con una soga por debajo de los brazos, que había levantado envuelta en la mortaja blanca.
Dorcas pertenecía, ahora me daba cuenta, a ese vasto grupo de mujeres (que, por cierto, tal vez las incluya a todas) que nos traicionan; y a ese tipo especial que nos traiciona no por un rival presente sino por el tiempo pasado. Así como Morwenna, la que yo había ejecutado en Saltus, asesinó a su marido recordando sin duda el tiempo en que era libre y quizá virginal, Dorcas me había dejado porque yo no había existido (no había, así debía verlo ella inconscientemente, conseguido existir) en el tiempo en que la perdición había caído sobre ella.
(Para mí, ésa es la época dorada. Creo que, en gran medida, debo de haber atesorado el recuerdo del muchacho tosco y amable que me traía libros y capullos a la celda porque sabía que iba a ser el último amor antes de la perdición, la perdición que no era, como aprendí en esa cárcel, el momento en que me arrojaron encima el tapiz para ahogar mi grito, ni mi llegada a la Ciudadela Antigua de Nessus, ni el portazo con que se cerró la celda a mis espaldas, y ni siquiera el momento en que, bañada en una luz como en Urth no brilla nunca, sentí que el cuerpo se me rebelaba, sino el instante en que me pasé por la garganta la hoja, fría y despiadadamente aguda, del grasiento cuchillo de mondar que él había traído.
