Los retiré, me sequé la mano con unas hojas y habría vuelto a la carta si no hubiera oído crujir una rama a cierta distancia. Por un momento no pude decidir si esconderme, huir o luchar; pero era difícil hacer lo primero con éxito, y de lo segundo yo ya estaba harto. Recogí la cimitarra del muerto, me envolví en mi capa y aguardé.

No se presentó nadie; al menos nadie visible para mí. El viento suspiró levemente entre las copas de los árboles. Al parecer la mosca se había ido. Tal vez yo sólo había oído a un ciervo que saltaba entre las sombras. Había viajado tanto sin ninguna arma útil que me permitiera cazar que casi había olvidado la posibilidad. Ahora, examinando la cimitarra, me encontré deseando que fuera un arco.

A mis espaldas se agitó algo y me volví a mirar. Era el soldado. Temblaba de pies a cabeza; de no haber visto el cadáver, yo habría creído que se estaba muriendo. Me incliné y le toqué la cara; seguía estando fría, y tuve la necesidad impulsiva de encender una fogata.

En la mochila yo no había visto nada para hacer fuego, pero sabía que no faltaba en el equipo de ningún soldado. Le hurgué los bolsillos y encontré unos aes, un cuadrante de los que marcan el tiempo, un pedernal y un percutor. Bajo los árboles había leña menuda en abundancia: el riesgo era incendiarlo todo. Limpié un espacio con las manos apilando lo barrido en el centro, lo encendí y luego junté unas ramas podridas, las partí y las puse al fuego.

Brillaba más de lo que había esperado: el día estaba acabando y pronto sería de noche. Miré al hombre muerto. Ya no le temblaban las manos; estaba en silencio. La carne del rostro parecía más tibia. Pero sin duda era por el calor de las llamas. Aunque la mancha de sangre en la frente casi se había secado, parecía captar la luz del sol agonizante y brillaba como una especie de gema carmesí, un rubí de sangre de paloma caído del montón de un tesoro. Aunque nuestra fogata daba poco humo, me pareció fragante como incienso, y como incienso se alzaba recto hasta perderse en la oscuridad creciente, sugiriendo algo que yo no podía recordar del todo. Me sacudí y busqué más leña, que partí y amontoné hasta tener una pila que consideré suficiente para la noche.



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