Es posible que a todos nos llegue un tiempo así, y que sea voluntad de las Catanias que cada cual se castigue por lo que haya hecho. Y sin embargo, ¿se nos puede odiar tanto? ¿Se nos puede odiar en absoluto? No cuando aún recuerdo los besos que me daba en los pechos, no como para aspirar el perfume de mi carne —como los de Afrodisius, y los de aquel joven, el sobrino del chiliarca de los Compañeros— sino como si tuviese verdadera hambre de mi carne. ¿Había algo observándonos? Ahora él ha comido de mí. Despertada por el recuerdo, alzo la mano y mis dedos le acarician el pelo.) Dormí hasta tarde, envuelto en la capa. Hay un pago de la Naturaleza a los que sobrellevan privaciones; es que las menores, de las que gente de vida más fácil se quejaría, les parecen casi reconfortantes. Varias veces antes de levantarme, desperté y me felicité de pensar en lo fácil que había pasado esa noche comparada con las que había soportado en las montañas.

Por fin el sol y el canto de los pájaros me devolvieron a mí mismo. Al otro lado de nuestra fogata extinta, el soldado se movió y, creo, murmuró algo. Me senté. Había apartado la manta y yacía cara al cielo. Era una cara pálida, de mejillas hundidas; con sombras oscuras bajo los ojos y unas líneas profundas alrededor de la boca. Los ojos estaban bien cerrados, y en la nariz le siseaba el aliento.

Por un momento estuve tentado de huir antes de que despertase. Yo aún tenía la cimitarra; iba ya a devolverla, pero la retuve temiendo que la usara para atacarme. El cuchillo seguía clavado al árbol, recordándome la daga curva de Agia en el postigo de la casa de Casdoe. Se lo puse de nuevo en la vaina del cinturón; me avergonzaba pensar que yo, armado con una espada, pudiera tenerle miedo a un hombre con un cuchillo.



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