Sus ojos parpadearon y yo me retiré, recordando una vez que Dorcas, al despertar, se había asustado al encontrarme inclinado sobre ella. Para no parecer una silueta oscura, eché la capa atrás descubriendo los brazos y el pecho, bronceados ahora por los soles de tantos días. Oía el siseo de su respiración; y cuando pasó del sueño al despertar, él me pareció algo casi tan milagroso como el tránsito de la muerte a la vida.

Con la mirada en blanco como un niño, se sentó y miró alrededor. Se le movieron los labios pero sólo salió un sonido absurdo. Le hablé, procurando que el tono fuera amistoso. El escuchaba pero parecía no entender, y me acordé del aturdimiento del ulano que yo había revivido en el camino a la Casa Absoluta.

Me hubiera gustado ofrecerle agua, pero no tenía. En cambio, tomé una lonja de la carne salada que yo había sacado de su mochila, la corté en dos y la compartí con él.

Masticó y dio la impresión de sentirse mejor. —Levántate —dije—. Tenemos que encontrar algo de beber.

Aunque me tomó la mano y dejó que yo tirase de él hasta enderezarlo, apenas podía mantenerse en pie. Los ojos al principio tan serenos, se volvieron más alertas y a la vez más violentos. Tuve la impresión de que temía que los árboles se nos abalanzaran como un grupo de leones, pero no sacó el cuchillo ni intentó reclamar la cimitarra.

Habíamos dado tres o cuatro pasos cuando trastabilló y por poco se cae. Dejé que se apoyara en mi brazo, y juntos atravesamos el bosque rumbo al camino.

III — A través del polvo

Yo no sabía si era mejor ir hacia el norte o hacia el sur. Al norte, en algún lugar, estaba el ejército ascio, y si nos acercábamos mucho podíamos quedar atrapados en una maniobra rápida. Pero cuanto más al sur fuéramos menos probable era que encontrásemos a alguien que nos ayudase, y más que nos arrestaran por desertores. Al fin me dirigí al norte; en gran medida actué por costumbre, y todavía no estoy seguro de que haya hecho bien.



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