Habiendo encontrado un jinete en el sendero, esperé otros. No hubo ninguno. Caminé largo rato en calma, oyendo los cantos de los pájaros y viendo muchos rastros de caza. Luego (para mi inexpresable placer) el sendero vadeó un joven arroyo. Di una docena de pasos hasta un paraje donde la corriente era más profunda y serena sobre un lecho de grava blanca. Unos pececillos huyeron de mis botas casi en la superficie del agua (signo de que era buena), que aún guardaba el frío de los picos y el recuerdo dulce de la nieve. Bebí una y otra vez, y una vez más, hasta que ya no pude, y luego me quité la ropa y por muy fría que estuviese me lavé. Una vez que hube terminado de bañarme y vestirme, y vuelto al sendero que cruzaba el arroyo, vi al otro lado dos marcas de arcilla donde un animal se había agachado a beber. Se superponían a las de los cascos de la montura del oficial, y cada una era grande como una fuente de mesa, sin rastros de garras más allá de las suaves huellas de los dedos. Una vez el viejo Midan, que había sido cazador de mi tío cuando yo era la niña-muchacho Thecla, me había contado que los esmilodontes sólo bebían después de haberse atiborrado, y que una vez atiborrados y bebidos no eran peligrosos si no los molestaban. Seguí adelante.

El sendero serpeaba por un valle boscoso y luego subía a un paso entre las colinas. Cuando estaba cerca del punto más alto, descubrí un árbol de dos palmos de diámetro que (parecía) alguien había partido por el medio más o menos a la altura de mis ojos.

Tanto el extremo del tocón como el del tronco caído estaban mellados, no como los hubiera dejado el trabajo parejo de un hacha. A lo largo de las dos a tres leguas siguientes vi varias docenas así. A juzgar por la falta de hojas en las partes caídas, y en ciertos casos de corteza, y los brotes nuevos que habían generado los tocones, el daño había sido hecho al menos hacía un año, tal vez más.



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