A los lados del sendero las luciérnagas destellaban en los árboles, y si durante un tiempo no apuré el paso, fue porque supuse que las luces que se veían adelante eran también insectos. En seguida, me pareció que de repente, nos encontramos bajo techo; hombres y mujeres con lámparas amarillas se movían de un lado a otro entre largas filas de catres velados. Una mujer en ropas que me parecieron negras se hizo cargo de nosotros y nos llevó a otro lugar con sillas de cuero y asta y un brasero con fuego. Entonces vi de cerca la túnica de la mujer, de color escarlata, como también la capucha, y por un momento pensé que era Cyriaca.

—Su amigo está muy enfermo, ¿no? —dijo—. ¿Sabe qué le ocurre?

Y el soldado sacudió la cabeza y contestó: —No. Ni siquiera estoy seguro de quién es.

Yo estaba demasiado atónito como para hablar. Ella me tomó la mano, luego la soltó y tomó la del soldado.

—Tiene fiebre. Usted también. Ahora que ha llegado el calor del verano vemos cada día más enfermedades. Habrían debido hervir el agua y despiojarse todo lo posible.

Se volvió hacia mí: —Usted también tiene muchos cortes leves, y algunos están infectados. ¿Esquirlas de piedra?

—El que está enfermo no soy yo —me las arreglé para decir—. Vine a traer a mi amigo.

—Están enfermos los dos, y sospecho que se trajeron uno a otro. Dudo de que alguno hubiera llegado solo. ¿Fueron esquirlas de piedra? ¿Algún arma del enemigo?

—Sí, esquirlas de piedra. Un arma de un amigo. —Me han dicho que es lo peor: quedar bajo el fuego del propio bando. Pero lo que más me preocupa es la fiebre. —Vaciló, volviendo la mirada del soldado a mí y de nuevo a él.— Me gustaría meterlos ahora mismo en cama, pero antes tendrán que bañarse.



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