Por fin el sendero desembocó en un verdadero camino, del cual yo algo había oído hablar muchas veces, pero que nunca había encontrado excepto entre ruinas. Se parecía mucho al viejo camino que bloqueaban los ulanos cuando al salir de Nessus yo me había visto separado del doctor Talos, Calveros, Jolenta y Dorcas, pero me sorprendió la nube de polvo que colgaba encima. No crecía en él ninguna hierba, pero era más ancho que la mayoría de las calles de ciudad.

No tenía alternativa; decidí seguirlo. Los árboles del borde eran achaparrados, y la maleza asfixiaba los espacios entre ellos. Al principio tuve miedo, porque me acordé de las lanzas ardientes de los ulanos; sin embargo era probable que allí ya no rigiera la ley que prohibía usar los caminos, o que en éste ya no hubiera tanto tránsito como en otro tiempo; y cuando poco después oí detrás voces y un ruido de muchos pies en marcha, lo único que hice fue apartarme uno o dos pasos hacia los árboles y observar abiertamente cómo pasaba la columna.

Delante iba un oficial montado en una hermosa bestia azulenca que tascaba el freno, y en cuyos colmillos sin limar se habían engarzado piedras de color turquesa, como en las bardas y la empuñadura del estoque del dueño. Los hombres que lo seguían eran antepilanos de la infantería pesada, de hombros anchos y cintura angosta, con caras bronceadas e inexpresivas. Llevaban korsekes de tres puntas, escarcinas y alabardas de pesada cabeza. Esta mezcla de armamentos, así como ciertas discrepancias entre las insignias y equipos, me indujo a creer que en sus filas había restos de formaciones anteriores. Si ése era el caso, los combates que debían haber visto los habían dejado flemáticos. Avanzaban balanceándose, unos cuatro mil en total, sin entusiasmo, reticencia ni muestra alguna de fatiga, con barbas descuidadas, pero no desaseados, y parecían mantener el paso sin pensar ni esforzarse.



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