Aquellos atributos, para más ardor, vinieron acompañados por unos ornamentos también dignos de catálogo: unas tetas pequeñas, insultantemente empinadas, una cintura estrecha que se abría hacia la inmensidad de unas caderas redondas que se extendían por la altura inconmensurable de sus nalgas, dedicadas a formar uno de los culos más exultantes del Caribe, y que luego bajaban por los muslos poderosos para llegar al remanso de unas piernas limpias de venas y cargadas de músculos suaves. El conjunto constituía una de aquellas mujeres que, nada más verlas, cortan la respiración, elevan el pulso y llenan la cabeza de malos (¡qué carajo malos!: ¡buenísimos!) pensamientos y deseos.

Pero no sólo valía la pena pasar y mirarla, como a un cuadro más de un gran museo. La mujer atraía como La Gioconda, o mejor, como la goyesca Duquesa de Alba en su versión calurosa (la mejor): a Patricia Chion, teniente de policía especializada en delitos económicos, le gustaba que la vacilaran, abusaba de la exhibición de su belleza, potenciada por aquel botón de la blusa siempre abierto en el filo del abismo y la falda unos centímetros más corta de lo reglamentario, artilugios que, sumados a su forma de andar, advertían de su carácter más caribeño que asiático: su cuerpo y su mente trasmutaban un anodino uniforme policial en una tentación, como ciertas enfermeras. Y aquella mañana que hasta ese instante imaginaba ociosa y vulgar, el Conde, con la puerta abierta, se había revolcado, como siempre, en la observación golosa del F-l y en la generación desbocada de malísimos pensamientos.

– Está bueno ya, Mayo -dijo la policía, utilizando el mote con el cual siempre se dirigía a Mario Conde, dando por terminado el tiempo de contemplación, aunque premiándolo con un beso sonoro en la mejilla.



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