
Pero no sólo valía la pena pasar y mirarla, como a un cuadro más de un gran museo. La mujer atraía como La Gioconda, o mejor, como la goyesca Duquesa de Alba en su versión calurosa (la mejor): a Patricia Chion, teniente de policía especializada en delitos económicos, le gustaba que la vacilaran, abusaba de la exhibición de su belleza, potenciada por aquel botón de la blusa siempre abierto en el filo del abismo y la falda unos centímetros más corta de lo reglamentario, artilugios que, sumados a su forma de andar, advertían de su carácter más caribeño que asiático: su cuerpo y su mente trasmutaban un anodino uniforme policial en una tentación, como ciertas enfermeras. Y aquella mañana que hasta ese instante imaginaba ociosa y vulgar, el Conde, con la puerta abierta, se había revolcado, como siempre, en la observación golosa del F-l y en la generación desbocada de malísimos pensamientos.
– Está bueno ya, Mayo -dijo la policía, utilizando el mote con el cual siempre se dirigía a Mario Conde, dando por terminado el tiempo de contemplación, aunque premiándolo con un beso sonoro en la mejilla.
