
– ¿Y qué cosa tú haces aquí? -le preguntó el policía cuando pudo respirar, tragar saliva e, incluso, hablar.
– ¿Me vas a dejar en el portal?
Conde por fin reaccionó.
– Perdóname, coño, es que… -y se apartó del dintel-. Entra, entra, pero no te fijes en el reguero… Hoy iba a limpiar la casa, ¿sabes? Como estoy de vacaciones y… -siguió el Conde, con los nervios alterados, mintiendo sin pudor.
Al pasar por su lado y besarlo en la mejilla, Patricia le había regalado al Conde su olor: a piel limpia, a animal saludable, esencialmente a mujer. Por eso, mientras la veía avanzar por la sala, el hombre, por sentir, sintió incluso ganas de llorar…
– Hombre y policía: demasiado para una sola casa… Pero he visto leoneras peores -admitió Patricia, parada en medio de la sala, y de inmediato se volvió y miró a Conde-. Para que veas cómo soy, te propongo un trato.
Conde por fin sonrió. Y se dejó llevar. No le importaba, por supuesto, que lo condujeran al infierno si era Patricia quien lo halaba de la mano.
– Sé que me vas a joder, pero… A ver, ¿en qué andas?
– Si pospones las vacaciones y coges un caso, te ayudo ahora mismo a limpiar la casa.
Conde sabía que aquellas palabras y la respuesta que les daría le costarían más caro de lo previsible, pero no tenía opciones. Por eso, sin preguntar más ni recordar los férreos planes de no hacer absolutamente nada que tenía para sus días libres, dijo.
– Dale…, ¿qué caso?
Patricia sonrió, colocó su cartera sobre una pila de revistas que envejecían en un butacón, y hurgó en el interior del bolso, de donde extrajo un elástico. Con habilidad, recogió sus rizos negros y los ató sobre la nuca.
– Préstame un short y un pulóver viejo. Te cuento mientras limpiamos…
Patricia se descalzó, trabando un zapato con el tacón del otro y, ya descalza, abrió el tercer botón de su blusa. Mientras, Conde notaba que sus piernas temblaban y sintió cómo bajaba por su uretra una gota lubricante.
