
– Oye, Mayo, que esto no es un strip-tease, dame la ropa… y que esté limpia -exigió Patricia y por fin el policía reaccionó.
Dos horas después la casa estaba baldeada y todo lo organizada que se hubiera conseguido soñar para el tiempo de que disponían. A la vez Mario Conde quedaba al tanto de las pocas informaciones todavía existentes sobre el asesinato de un tal Pedro Cuang. Pero, sobre todo, el policía conocía la razón por la cual Patricia lo reclamaba: según la teniente, para alguien que no tuviera un guía confiable en el Barrio Chino aquel caso sería de imposible solución. Y Patricia sabía que entre los investigadores de la Central sólo el Conde, por la amistad que lo unía a su propio padre, Juan Chion, tendría alguna posibilidad tangible de acercarse a la verdad.
– Además, el muerto era amigo de mi padrino, Francisco…, y estoy segura de que mi papá lo conocía, aunque me dijo que no.
– ¿Y antes de hablar conmigo tú hablaste con tu padre para que él me ayudara?
– Ay, Mayo, desde que decidí venir a verte yo sabía que tú no podías decirme que no… ¿Para qué somos amigos?
Como si no hubiera suficientes fuerzas para desarmarlo, la voz de Patricia, cuando adoptaba aquel tono entre suplicante y provocador, podía quitarle todo al Conde. Hasta los calzoncillos.
Mientras bebía otra taza de café, sentado en la cocina, Mario Conde pudo oír cómo el chorro de la ducha caía sobre el cuerpo desnudo de Patricia Chion. Por suerte, dos días antes el policía había metido en la lavadora de Josefina, la madre del flaco Carlos, varias sábanas y toallas y pudo brindarle a Patricia una limpia y en niveles de deterioro aceptables, pues la mujer decía que no podía volver al trabajo en aquel estado de suciedad en el cual se había sentido al terminar la faena.
