
– ¿Qué tal? -preguntó Katow, dejando, por fin, su disco y avanzando hacia la luz.
Sin responder, Chen contempló aquella hermosa cabeza de Pierrot ruso -ojillos burlones y nariz al aire- que ni siquiera aquella luz podía hacer dramática. Él, sin embargo, sabía lo que era la muerte. Se levantaba. Fue a ver el grillo dormido en su jaula minúscula: Chen podría tener sus razones para callar. Éste observaba el movimiento de la luz, que le permitía no pensar: el grito tembloroso del grillo, despierto por su llegada, se unía a las últimas vibraciones de la sombra sobre los rostros. Siempre la obsesión de la dureza de la carne, aquel deseo de apoyar el brazo con fuerza sobre la primera cosa que encontrase. Las palabras sólo servían para turbar la familiaridad con la muerte, que se había albergado en su corazón.
– ¿A qué hora saliste del hotel? -preguntó Kyo.
– Hace veinte minutos.
Kyo consultó su reloj; la una menos diez.
– Bien. Acabemos aquí, y larguémonos.
– Quiero ver a tu padre, Kyo.
– ¿Sabes que eso será, sin duda, para mañana?
– Tanto mejor.
Todos sabían lo que era eso: la llegada de las tropas revolucionarias a las últimas estaciones del ferrocarril, que debía determinar la insurrección.
– Tanto mejor -repitió Chen. Como todas las sensaciones, la del crimen y el peligro, al alejarse, le dejaban completamente vacío. Aspiraba a recuperarlas-. Sin embargo, quiero verlo.
– Ve esta noche; nunca duerme antes del alba.
– Iré a eso de las cuatro.
Por instinto, cuando se trataba de ser comprendido, Chen se dirigía a papá Gisors. Que su actitud le era dolorosa a Kyo -tanto más dolorosa cuanto que ninguna vanidad intervenía en ella- lo sabía; pero no podía hacer nada; Kyo era uno de los organizadores de la insurrección; el comité central tenía confianza en él; Chen también, pero no mataría nunca a nadie, como no fuera combatiendo.
