
Invadidos por la necesidad de interrogar, todos miraban a Chen con una intensidad idiota, pero no decían nada. Él contempló las baldosas, acribilladas de semillas de girasol. Podía informar a aquellos hombres; pero jamás podría explicarse. Le obsesionaba la resistencia opuesta por el cuerpo al cuchillo, mucho mayor que la de su brazo: sin el impulso de la sorpresa, el arma no habría penetrado profundamente. «Nunca hubiera creído que fuese tan duro…»
– Eso es -dijo.
En la habitación, ante el cuerpo, pasada la inconsciencia, no había dudado: había sentido la muerte.
Tendió la orden de la entrega de armas. Su texto era largo. Kyo lo leía.
– Sí; pero…
Todos esperaban. Kyo no aparecía impaciente ni irritado; no se había movido; apenas se había contraído su semblante. Sin embargo, todos comprendían que lo que acababa de descubrir lo trastornaba. Se decidió:
– Las armas no están pagadas. Pagaderas a su entrega. Chen sintió que la ira caía sobre él, como si hubiera sido estúpidamente robado. Se había asegurado de que aquel papel era el que buscaba; pero no había tenido tiempo de leerlo. Por otra parte, no hubiera podido hacer que cambiase nada. Sacó la cartera del bolsillo y se la entregó a Kyo: unas fotos y unos recibos, ningún otro documento.
– Creo que se podrá arreglar con los hombres de las secciones de combate -dijo Kyo.
– Con tal que podamos subir a bordo -respondió Katow-, todo marchará.
Silencio. La presencia de aquellos hombres arrancaba a Chen de su terrible soledad, suavemente, como una planta a la que se arranca de la tierra donde sus raíces más finas la retienen aún. Y al mismo tiempo que, poco a poco, volvía hacia ellos, parecíale que los reconociese -como a su hermana, la primera vez que había vuelto de una casa de prostitución-. Allí se sentía la tensión que se experimentaba en las salas de juego, al final de la noche.
