
Una invisible multitud animaba aquella noche de juicio final.
– ¿Mañana? -interrogó Kyo.
Katow vaciló y detuvo el balanceo de sus grandes manos. No; la pregunta no se dirigía a él. Ni a nadie.
Caminaba en silencio. Poco a poco, el chaparrón se transformaba en llovizna; el crepitar de la lluvia sobre los tejados se debilitaba, y la calle negra se llenó con el ruido entrecortado de los arroyos. Los músculos de sus semblantes se aflojaron. Al descubrir entonces la calle como aparecía ante su mirada -larga, negra, indiferente-, Kyo la percibió como un pasado: de tal modo la obsesión le impulsaba hacia adelante.
– ¿Adónde crees tú que habrá ido Chen? -preguntó-. Dijo que no iría a casa de mi padre hasta eso de las cuatro… ¿A dormir?
Había en su pregunta una admiración incrédula.
– No sé… Al burdel, quizá… Él no se emborracha…
Llegaron a una tienda: Shia, comerciante de lámparas. Como en todas partes, los postigos estaban puestos. Abrieron. Un chinito horroroso quedó en pie delante de ellos, mal iluminado por detrás. Al menor movimiento, de la aureola de luz que rodeaba su cabeza le bajaba un reflejo oleoso sobre la enorme nariz, acribillada de granos. Los vidrios de unos centenares de lámparas, que aparecían colgadas, reflejaban las llamas de dos linternas encendidas sobre el mostrador y se perdían en la oscuridad, hasta el fondo invisible del negocio.
