Doctoral:

– Ya digo: pre-cio-sa.

Guiñando de nuevo el ojo:

– … La rapta… No es difícil… La conduce a una de aquellas grandes habitaciones…

Llamando la atención, con la mano levantada:

– ¡Ni una palabra! Vive allí. Continúa. Se aburre. Tú también, pequeña mía -haciendo cosquillas a la filipina-; pero, paciencia… Él no se divertía tampoco, por cierto: se pasaba la mitad de la tarde haciendo que le arreglase su pedicuro las uñas de las manos y de los pies (además había un barbero contratado en el castillo), y mientras su secretario, hijo de un siervo asqueroso, le leía (y le releía) en voz alta la historia de la familia. ¡Encantadora ocupación, querida amiga; vida perfecta! Por otra parte, generalmente estaba borracho… Ella…

– ¿Ella se enamoró del secretario? -preguntó la rusa.

– ¡Magnífica! ¡Esta pequeña es magnífica! ¡Querida amiga, es usted magnífica! ¡Notable perspicacia!

Le besó la mano.

– … pero se acostó con el pedicuro, no estimando tanto como ustedes las cosas del espíritu. Entonces se dio cuenta de que mi bisabuelo le pegaba. ¡Ni una palabra! Fue inútil. Se escaparon.

»El abandonado, que era muy malo, recorre sus vastos salones (siempre con sus cofrades debajo), se declara burlado por los dos galopines, que se dislocaban los riñones en la capital, en una posada a lo Gogol, con un cacharro de agua desportillado y unas berlinas en el patio. Descuelga el gi-gan-tes-co cuerno de caza, no para soplar en él, y encarga al intendente que haga un llamamiento a sus campesinos. (Entonces se tenía derecho a hacerlo, en aquellos tiempos.) Los arma: cinco escopetas de caza y dos pistolas. ¡Pero, querida amiga, eran demasiados!

»Entonces, mudanza del castillo: he aquí a mis harapientos en marcha (imagíneselos; i-ma-gí-ne-se-los, le digo), armados de floretes, arcabuces, mosquetes… ¡qué sé yo…!, espadones y otras zarandajas, el abuelo a la cabeza, hacia la capital: la venganza persiguiendo al crimen. Los anuncian. Llega el guardia rural, con los gendarmes… ¡Magnífica plancha!



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