– ¿Y después?

– Nada. Les habían ganado la partida. El abuelo llegó a la ciudad; pero los culpables habían abandonado la posada Gogol en una de las berlinas polvorientas. Sustituyó a la amazona por una campesina y al pedicuro por otro y se emborrachó en compañía del secretario. De vez en cuando, trabajaba en uno de sus pequeños testamentos…

– ¿A quién le dejó el dinero?

– Cuestiones sin interés, querida amiga. Pero, cuando murió…

Con los ojos desorbitados:

– … se supo todo; todo lo que había ido cociendo, a fuego lento, el noble ebrio… Se le obedeció; se le enterró debajo de la capilla, en una inmensa bóveda, de pie sobre su caballo muerto, como Atila…

El barullo del jazz cesó. Clappique continuó, mucho menos en Polichinela, como si sus payasadas se hubieran suavizado con el silencio:

– Cuando murió Atila, le irguieron sobre su caballo encabritado por encima del Danubio; el sol poniente proyectó tal sombra sobre la llanura, que los caballeros se hicieron humo, espantados..

Desvariaba, invadido por sus sueños, por el alcohol y por la calma súbita. Kyo sabía qué proposiciones debía hacerle; pero lo conocía mal, aunque su padre lo conocía bien; y peor aún en aquel papel. Le escuchaba con impaciencia (hasta que se encontrara libre una mesa delante del barón, donde se instalaría y le haría seña de que saliese; no quería abordarlo ni llamarlo ostensiblemente), pero no sin curiosidad. Era la rusa la que hablaba ahora, con voz lenta, desgarrada -ebria, tal vez, de insomnio:

– Mi bisabuelo tenía también muchas tierras… Nos marchamos a causa de los comunistas, ¿verdad? Para no estar con todo el mundo; para ser respetadas. ¡Y aquí somos dos por mesa y cuatro por habitación! Cuatro por habitación… Y hay que pagar el alquiler. Respetadas… ¡Y si el alcohol no me pusiera enferma!…



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