
– Los tanques no abandonarán, ni mucho menos, el frente -dijo.
– ¿Cómo hay que unir las granadas? -preguntó el chino más joven.
Katow se lo enseñó. La atmósfera quedó algo menos pesada, como si aquella manipulación hubiese sido el presagio de una acción futura. Katow aprovechó la ocasión para irse, muy inquieto. La mitad de los hombres no sabría servirse de sus armas. Al menos, podría contar con aquellos con quienes había formado los grupos de combate, encargados de desarmar a la policía. Al día siguiente. Pero ¿y al otro?… El ejército avanzaba, se aproximaba de hora en hora. Quizá estuviese tomada ya la última estación. Cuando Kyo estuviese de regreso, sin duda lo sabrían ya en alguno de los centros de información. El comerciante de lámparas no había recibido información desde las diez.
Katow esperó algún tiempo en la callejuela, sin dejar de andar. Por fin llegó Kyo. Cada uno dio a conocer al otro lo que había hecho. Reanudaron la marcha por el lodo, sobre sus suelas de goma, al paso; Kyo, menudo y flexible, como un gato japonés; Katow, balanceando los hombros, pensando si las tropas que avanzaban con los fusiles brillantes de lluvia, hacia Shanghai, rojizo en el fondo de la noche… También Kyo hubiera querido saber si aquel avance se habría detenido.
La callejuela por donde caminaban -la primera de la ciudad china- era, a causa de la proximidad de las casas europeas, la de los comerciantes de animales. Todas las tiendas estaban cerradas: ni un animal fuera, ni un solo grito turbaba el silencio entre las llamadas de las sirenas y las últimas gotas que caían de los cuernos de los tejados en los charcos. Las bestias dormían. Entraron, después de haber llamado, en una de las tiendas: la de un comerciante de peces. Por única luz, una bujía colocada en una guindola se reflejaba en las vasijas fosforescentes, alineadas como las de Alí Baba y donde dormían, invisibles, los ilustres cípridos chinos.
