
– ¿Mañana? -preguntó Kyo.
– Mañana; a la una.
En el fondo de la estancia, detrás de un mostrador, dormía, sobre su codo replegado, un personaje indistinto. Apenas había levantado la cabeza para responder. Aquel almacén era una de las ochenta pertenencias del Kuomintang por las que se transmitían las noticias.
– ¿Oficial?
– Sí. El ejército está en Tcheng-Tcheu. Huelga general a las doce.
Sin que nada cambiase en la sombra; sin que el comerciante, adormilado en el fondo de su alvéolo, hiciese un movimiento, la superficie fosforescente de todas las vasijas comenzó a agitarse débilmente: blandas oleadas negras, concéntricas, se levantaban en silencio. El ruido de las voces despertaba a los peces. De nuevo se perdió, a lo lejos, una sirena.
Salieron y reanudaron la marcha. Otra vez por la avenida de las Dos Repúblicas.
Un taxi. El coche arrancó a una velocidad de film. Katow, sentado a la izquierda, se inclinó y contempló al chófer con atención.
– Está nghien
– Pues Clappique va a hacer venir el barco -dijo Kyo-. Los camaradas que están en el almacén de ropas del gobierno pueden suministrarnos unos trajes de policías.
– No hace falta. Tengo más de quince en la permanencia.
– Tomaremos el vapor con tus doce individuos.
– Sería mejor sin ti…
Kyo le miró sin decir nada.
– No es muy peligroso, aunque tampoco en extremo fácil, ¿sabes? Más peligroso resulta que este endemoniado chófer se halla dispuesto a reanudar la velocidad. Y no es este el momento de hacer que te apees.
– Ni a ti tampoco.
– No es lo mismo… A mí se me puede sustituir ahora, ¿comprendes?… Preferiría que tú te ocupases del camión, que estará esperando, y de la distribución.
Vacilaba, preocupado, con la mano sobre el pecho. «Hay que dejarle que se dé cuenta», pensaba. Kyo no decía nada. El coche continuaba deslizándose por entre las líneas de luz esfumadas en la bruma. Que él fuese más sutil que Katow, era indudable; el Comité Central conocía al detalle todo cuanto él había organizado, aunque en fichas, y él lo vivía; tenía la ciudad en la piel, con sus puntos débiles como heridas. Ninguno de sus camaradas podía reaccionar tan de prisa como él ni con tanta seguridad.
