– Bien -dijo.

Luces, cada vez más numerosas… De nuevo los camiones blindados de las concesiones, y luego, una vez más, la sombra.

El auto se detuvo. Kyo se apeó.

– Voy a buscar los trastos -dijo Katow-; te los entregaré cuando todo esté dispuesto.


* * *

Kyo vivía con su padre en una casa china de un solo piso: cuatro naves alrededor de un jardín. Atravesó la primera, luego el jardín, y entró en el hall: a derecha e izquierda, sobre las blancas paredes, unos cuadros de Song, unos fénix azules Chandin; en el fondo, un Buda de la dinastía Wei, de un estilo casi romano. Divanes limpios, una mesa de opio. Detrás de Kyo, las vidrieras, desnudas, como las de un estudio de pintor. Su padre, que lo había oído, entró: desde hacía algunos años, sufría de insomnio; no dormía más que algunas horas, durante el amanecer, y acogía con júbilo todo cuanto pudiera ocuparle las horas de la noche.

– Buenas noches, padre. Chen va a venir a verte.

– Bien.

Las facciones de Kyo no eran las de su padre. Parecía, sin embargo, que había bastado la sangre japonesa de su madre para dulcificar la máscara de abate ascético del viejo Gisors -máscara cuyo carácter acentuaba aquella noche una bata de pelo de camello- para crear la cara de samurai de su hijo.

– ¿Le ha ocurrido algo?

– Sí.

No le hizo otra pregunta. Ambos se sentaron. Kyo no tenía sueño. Relató el espectáculo que Clappique acababa de proporcionarle, sin hablar de las armas. No, por cierto, porque desconfiase de su padre, sino porque se consideraba demasiado ser el único responsable de su vida para hacerle conocer algo más que el conjunto de sus actos.



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