
– … acabó sacándome cincuenta dólares…
– Es desinteresado, Kyo…
– Pues acababa de gastar cien dólares: yo lo vi. La mitomanía es siempre una cosa bastante inquietante.
Quería saber hasta dónde podía continuar sirviéndose de Clappique. Su padre, como siempre, buscaba lo que había en aquel hombre de profundo, de singular. Pero lo que hay de más profundo en un hombre, rara vez es aquello por lo cual se le puede hacer obrar inmediatamente, y Kyo pensaba en sus pistolas.
– Si tiene necesidad de considerarse rico, ¿qué no intentará para enriquecerse?
– Ha sido el primer anticuario de Pekín…
– ¿Para qué se gasta todo su dinero en una noche, si no es para hacerse la ilusión de que es rico?
Gisors entornó los ojos y se echó hacia atrás los cabellos, algo largos; su voz de hombre entrado en años, a pesar de su timbre debilitado, adquirió la claridad de una línea:
– Su mitomanía es un medio de negar la vida, ¿no?; de negar y no de olvidar. Desconfía de la lógica, en estas materias…
Extendió confusamente la mano; sus ademanes angostos casi nunca se dirigían hacia la derecha o hacia la izquierda, sino hacia el frente; sus movimientos, cuando prolongaban una frase, no parecían apartar, sino asir algo.
– Es como si hubiese querido demostrarte ayer que, aunque haya vivido durante dos horas como un hombre rico, la riqueza no existe. Porque entonces la pobreza no existe tampoco. Que es lo esencial. Nada existe: todo es un sueño. No olvida el alcohol, que le ayuda…
