
Gisors sonrió. La sonrisa de sus labios, de comisuras abatidas, adelgazadas ya, expresaba las ideas con más complejidad que sus palabras. Desde hacía veinte años dedicaba su inteligencia a hacerse querer de los hombres justificándolos, y ellos le estaban reconocidos ante una bondad cuyas raíces no adivinaban nacidas en el opio. Se le atribuía la paciencia de los budistas; era la de los intoxicados.
– Ningún hombre vive de negar la vida -respondió Kyo.
– Se vive mal… Necesita vivir mal.
– Y está obligado a ello.
– La parte de la necesidad está determinada por los corretajes de las antigüedades y quizá de las drogas y por el tráfico de armas… De acuerdo con la policía, a la que detesta, sin duda, pero con la que colabora en esos pequeños trabajos, a cambio de una justa retribución…
Poco importaba; la policía sabía que los comunistas no tenían dinero bastante para comprar armas a los importadores clandestinos.
– Todo hombre se parece a su dolor -dijo Kyo-. ¿Qué es lo que le hace sufrir?
– Su dolor no tiene importancia, ni tampoco sentido, ¿no?; no roza nada más profundo que su mentira o su goce; no tiene verdadera profundidad, y eso es, quizá, lo que le retrata mejor, porque es raro. Hace lo que puede para conseguirlo, pero le faltan facultades… Cuando tú no estás ligado a un hombre, Kyo, piensas en él para prever sus actos. Los actos de Clappique…
Señaló el acuarium, donde los cípridos negros, blandos y dentados como oriflamas, subían y bajaban.
– Ahí los tienes… Bebe, pero estaba hecho para el opio; se engaña, también, respecto al vicio; muchos hombres no encuentran el que los salvaría. Lástima, porque está lejos de carecer de valor. Pero su dominio no te interesa.
Era verdad. Si Kyo, aquella noche, no pensaba en su acción, no podía pensar más que en sí mismo.
