
– Pero, Kyo, precisamente era hoy cuando eso no tenía importancia… y…
Iba a añadir: «él lo deseaba tanto». Frente a la muerte, aquello suponía tan poco… Pero solamente dijo:
– … yo también, mañana, puedo morir…
Tanto mejor. Kyo sufría con el dolor más humillante: el que se desprecia experimentar. Realmente, ella era libre para acostarse con quien quisiese. ¿De dónde procedía, pues, aquel sufrimiento sobre el cual no se reconocía ningún derecho y que se reconocía tantos derechos sobre él?
– Cuando tú comprendiste que yo… contaba contigo, Kyo, me preguntaste un día, no en serio (un poco, no obstante), si yo creía que iría contigo a la cárcel, y yo te respondí que no sabía nada; que lo difícil, sin duda, era permanecer en ella. Sin embargo, tú pensaste que sí, puesto que me poseíste a mí también. ¿Por qué no creerlo ahora?
– Siempre son los mismos los que van a la cárcel. Katow iría, aunque no me quisiera profundamente. Iría por la idea que tiene de la vida y de sí mismo. No es por alguien por lo que se va a la cárcel.
– Kyo, cómo son de hombre esas ideas…
Él pensaba.
– Y, sin embargo -dijo-, amar a los que son capaces de hacer eso y ser amado por ellos, quizá, ¿qué más esperar del amor? ¡Qué rabia que le pregunten a uno semejantes cosas!… Hasta si lo hacen por su… moral.
– No es por moral -dijo ella, con lentitud-. Por moral seguramente yo no sería capaz de ello.
– Pero -él también hablaba con lentitud- ese amor no te impediría el acostarte con un tipo, cuando tú pensabas (acabas de decirlo) que eso… me molestaría…
– Kyo, voy a decirte algo singular, y que es verdadero, sin embargo… Hasta hace cinco minutos, creí que te sería igual. Quizá eso me hacía creerlo… Hay llamadas, sobre todo cuando se está tan cerca de la muerte (es de las otras de las que yo tengo costumbre, Kyo…) que no tienen nada que ver con el amor…
