Sin embargo los celos existían, tanto más turbios cuanto que el deseo sexual que ella le inspiraba descansaba sobre la ternura. Con los ojos cerrados, todavía apoyado sobre el codo, trataba -triste oficio- de comprender. No oía más que la respiración oprimida de May y el roce de las patas del perrito. Su herida venía en primer lugar (luego las consecuencias, ¡ay!, las sentía emboscadas en él, como sus camaradas detrás de las puertas, aún cerradas) de que atribuía al hombre que acababa de acostarse con May (¡sin embargo, no puedo llamarle su amante!) desprecio hacia ella. Era uno de los antiguos camaradas de May; apenas él lo conocía. Pero conocía la misoginia fundamental de casi todos los hombres. «La idea de que, habiéndose acostado con ella, porque se ha acostado con ella, pueda pensar: “Esta gallinita”, me dan ganas de pegarle. ¿No se estará siempre celoso, sino de lo que se supone que supone el otro? Triste humanidad…» Para May, la sexualidad no comprometía a nada. Era preciso que aquel tipo lo supiese. Que se acostase con ella, bueno; pero que no se imaginara que la poseía. «Estoy hecho una calamidad…» Pero no podía hacer nada, y aquello no era lo esencial: lo sabía. Lo esencial; lo que le trastornaba hasta producirle angustia, era que, de pronto, se había separado de ella, no por odio -aun cuando existiese el odio en él-; no por los celos (¿o es que, precisamente, aquello eran celos?), sino por un sentimiento sin nombre, tan destructor como el tiempo o la muerte: no acertaba con ello. Había vuelto a abrir los ojos. ¿Qué ser humano era ese cuerpo deportivo y familiar, ese perfil perdido: un ojo amplio, que comenzaba en la sien, hundido entre la frente despejada y el pómulo?… ¿La que acababa de copular?… Pero, ¿no era, también, la que soportaba sus debilidades, sus dolores, sus irritaciones; la que había cuidado con él a sus camaradas heridos, velado con él a sus amigos muertos?… La suavidad de su voz todavía en el aire… No se olvida lo que se quiere. Sin embargo, aquel cuerpo recobraba el misterio punzante del ser conocido, transformado de pronto -o mudo o ciego o loco-. Y era una mujer. No una especie de hombre. Otra cosa…



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