
Llegó el tío. Espantado ante la clase de sobrino que encontraba, manifestó una delicada satisfacción y envió unos arbolillos de jade y de cristal al director, al pastor y a algunos otros. Al cabo de ocho días, llamaba a Chen a su casa, y a la semana siguiente lo enviaba a la Universidad de Pekín.
Gisors, dando vueltas, como siempre, a su cigarrillo entre las rodillas, con la boca entreabierta y absorto ante lo que reflexionaba, se esforzaba por recordar al adolescente de entonces. Pero, ¿cómo separarlo, cómo aislarlo de aquel en el cual se había convertido? «Pienso en su espíritu religioso, porque Kyo jamás lo tuvo, y porque, en este momento, toda diferencia profunda entre ambos me libera… ¿Por qué tendré la impresión de conocerle mejor que a mi hijo?» Era que veía mucho mejor en qué lo había modificado; esta modificación capital, obra suya, era precisa, limitable, y no conocía nada, en los demás seres, mejor que lo que él le había suministrado. Desde que había observado a Chen, había comprendido que aquel adolescente no podría vivir de una ideología que no se transformase inmediatamente en actos. Privado de caridad, no podría ser conducido, por la vida religiosa, más que a la contemplación o a la vida interior; pero odiaba la contemplación, y no había soñado más que con un apostolado al que le impulsaba precisamente su ausencia de caridad.
