Para vivir, era preciso, pues, en primer término, que se sustrajese a su cristianismo. (Por semiconfidencias, parecía que el trato con las prostitutas y los estudiantes había hecho desaparecer el único pecado, siempre más fuerte que la voluntad de Chen: la masturbación; y, con él, un sentimiento ininterrumpido de angustia y de caída.) En cuanto al cristianismo, su nuevo maestro había opuesto, no argumentos, sino otras formas de grandeza; la fe se le había desvanecido entre los dedos a Chen, poco a poco, sin crisis, como si fuese arena. Apartado por ella de la China; acostumbrado por ella a separarse del mundo, en lugar de someterse a él, había comprendido, a través de Gisors, que todo había pasado como si aquel período de su vida no hubiese sido más que una iniciación en el sentido heroico: ¿qué hacer de un alma, no existiendo ni Dios ni Cristo?

Aquí Gisors volvía a encontrar a su hijo, indiferente al cristianismo, pero a quien la educación japonesa (Kyo había vivido en el Japón desde los ocho hasta los diecisiete años) había impuesto también la convicción de que las ideas no debían ser pensadas, sino vividas. Kyo había elegido la acción de una manera grave y premeditada, como otros eligen las armas o el mar: había abandonado a su padre, y vivido en Cantón y en Tientsin la vida de las maniobras y de la excitación de los coolies para organizar los sindicatos. Chen -habiendo sido apresado su tío en rehenes, y no habiendo podido pagar su rescate, por lo que fue ejecutado en la toma de Swteu- se había encontrado sin dinero y provisto de unos diplomas sin valor, ante sus veinticuatro años y en la China, chófer de camión, mientras las pistas del Norte habían sido peligrosas; luego, ayudante de químico; luego, nada. Todo le precipitaba hacia la acción política: la esperanza de un mundo diferente; la posibilidad de comer, aunque fuera miserablemente (era naturalmente austero, quizá por orgullo); la satisfacción de sus odios, de sus ideas y de su carácter.



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