
Aquí Gisors volvía a encontrar a su hijo, indiferente al cristianismo, pero a quien la educación japonesa (Kyo había vivido en el Japón desde los ocho hasta los diecisiete años) había impuesto también la convicción de que las ideas no debían ser pensadas, sino vividas. Kyo había elegido la acción de una manera grave y premeditada, como otros eligen las armas o el mar: había abandonado a su padre, y vivido en Cantón y en Tientsin la vida de las maniobras y de la excitación de los coolies para organizar los sindicatos. Chen -habiendo sido apresado su tío en rehenes, y no habiendo podido pagar su rescate, por lo que fue ejecutado en la toma de Swteu- se había encontrado sin dinero y provisto de unos diplomas sin valor, ante sus veinticuatro años y en la China, chófer de camión, mientras las pistas del Norte habían sido peligrosas; luego, ayudante de químico; luego, nada. Todo le precipitaba hacia la acción política: la esperanza de un mundo diferente; la posibilidad de comer, aunque fuera miserablemente (era naturalmente austero, quizá por orgullo); la satisfacción de sus odios, de sus ideas y de su carácter.
