
– Exacto. Todo este disparate de que el chico pilló a la chica, la violó, la estranguló y tiró su cadáver al Red River desde un puente se lo inventaron ellos. Todo mentira.
– ¿O sea que usted sabe dónde está el cadáver?
Boyette se irguió con los brazos cruzados, y empezó a asentir. El tic. Luego otro. Bajo presión se repetían con mayor frecuencia.
– ¿La mató usted, Travis? -preguntó Keith, sorprendiéndose a sí mismo.
Menos de cinco minutos antes, repasaba mentalmente la lista de todos los feligreses a quienes tenía que ir a visitar al hospital, y buscaba la manera de sacar a Travis del edificio por las buenas. Ahora estaban hablando de un asesinato y de un cadáver oculto.
– No sé qué hacer -dijo Boyette, sintiendo otra punzada de dolor. Se encogió como si fuera a vomitar. Después se empezó a presionar la cabeza con las palmas-. Me estoy muriendo, ¿sabe? Dentro de unos meses me habré muerto. ¿Por qué tiene que morir también ese chico, si no ha hecho nada?
Tenía los ojos húmedos y la cara crispada.
Keith percibió cómo temblaba. Le dio un kleenex, y vio que se lo pasaba por la cara.
– El tumor está creciendo -afirmó Boyette-. Cada día presiona más el cráneo.
– ¿Toma alguna medicación?
– Sí, pero no sirve de nada. Tengo que irme.
– Creo que no hemos acabado.
– Yo creo que sí.
– ¿Dónde está el cadáver, Travis?
– Eso a usted no le interesa.
– Sí que me interesa. Quizá podamos impedir la ejecución.
Boyette se rió.
– Ah, ¿sí? ¿En Texas? Un poco difícil. -Se levantó despacio y dio unos golpes en la alfombra con el bastón-. Gracias, pastor.
Keith no dijo nada. Se limitó a mirar cómo Boyette salía a toda prisa de su despacho arrastrando los pies.
Dana miraba fijamente la puerta, negándose a sonreír.
– Adiós -logró contestar con pocas fuerzas al «gracias» de Boyette.
