Luego desapareció. Volvió a la calle, sin abrigo ni guantes, cosa que a ella, la verdad, le daba igual.

Su esposo no se había movido. Seguía apoltronado en la silla, estupefacto, con la mirada extraviada en una pared y la copia del artículo en la mano.

– ¿Estás bien? -preguntó Dana.

Keith le dio el artículo. Dana lo leyó.

– No acabo de entenderlo -dijo al acabar.

– Travis Boyette sabe dónde está enterrado el cadáver. Lo sabe porque la mató él.

– ¿Ha admitido haberlo hecho?

– Casi. Dice que tiene un tumor cerebral que no se puede operar, y que dentro de unos meses se habrá muerto. Según él, Donté Drumm no tiene nada que ver con el asesinato, y ha insinuado claramente que sabe dónde está el cadáver.

Dana se dejó caer en el sofá, hundiéndose entre cojines y mantas.

– ¿Y tú lo crees?

– Me parece que sí.

– ¿Cómo puedes creerlo? ¿Por qué?

– Está sufriendo, Dana; y no solo por el tumor. Sabe algo del asesinato y del cadáver; algo no, mucho, y le incomoda sinceramente que haya un inocente esperando a que lo ejecuten.

Como era una persona que pasaba gran parte de su tiempo escuchando problemas delicados de otras personas, y dando consejos y opiniones merecedores de su confianza, Keith se había convertido en un observador astuto y perspicaz, que rara vez se equivocaba. Dana, en cambio, reaccionaba con mayor rapidez; le era mucho más fácil criticar y juzgar, y también equivocarse.

– ¿Qué piensas, pastor? -preguntó.

– Vamos a tomarnos una hora solo para investigar. Vamos a comprobar dos cosas: ¿es verdad que está en libertad condicional? Y si lo está, ¿quién es su supervisor? ¿Es paciente de St. Francis? ¿Tiene un tumor cerebral? Y si lo tiene, ¿es terminal?

– Será imposible conseguir el historial médico sin su consentimiento.



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