Boyette constaba como culpable de delitos sexuales en Kansas, Missouri, Arkansas y Oklahoma.

«Un monstruo», se dijo Dana.

La foto de la ficha policial correspondía a un hombre mucho más joven y corpulento, con el pelo oscuro y entradas. Dana resumió con presteza los antecedentes, y mandó un correo electrónico al ordenador de Keith. No temía por la integridad de su esposo, pero quería que aquel personaje repulsivo abandonara el edificio.

Tras media hora de conversación tirante, en la que apenas se registraron avances, Keith se empezó a cansar de la entrevista. Boyette no mostraba ningún interés por Dios, y dado que la especialidad de Keith era esa, no parecía poder hacer gran cosa. Él no era neurocirujano, ni tenía trabajo que ofrecer a nadie.

Llegó a su ordenador un mensaje, anunciado suavemente por un timbre de los de antes. Si sonaba dos veces, podía ser cualquiera; tres, en cambio, indicaba un mensaje de la recepción. Fingió ignorarlo.

– ¿Y el bastón? -preguntó amablemente.

– La cárcel es muy dura -dijo Boyette-. Me metí en más peleas de la cuenta. Una herida en la cabeza. Probablemente fuera la causa del tumor.

Le pareció gracioso. Se rió de su propio chiste.

Tras una risita cortés, Keith se levantó y se acercó a su escritorio.

– Mire -dijo-, le voy a dar una tarjeta. Puede llamarme cuando quiera. Aquí siempre será bienvenido, Travis.

Al coger la tarjeta, miró de reojo el monitor. Cuatro, ni más ni menos que cuatro condenas, todas vinculadas a agresiones sexuales. Volvió a la silla, le dio a Travis la tarjeta y se sentó.

– La cárcel es especialmente dura para los violadores, ¿verdad, Travis?

Te vas a otra ciudad, y tienes que ir corriendo a la comisaría o al juzgado para inscribirte como agresor sexual. Después de veinte años de lo mismo, ya das por supuesto que lo sabe todo el mundo. Todo el mundo te mira. Boyette no parecía muy sorprendido.



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