Se quitó el albornoz blanco, porque el sol estaba en el cenit. Un campesino que araba la ladera pardusca de una colina alzó la mano a guisa de saludo, y Ged le respondió del mismo modo. Las avecillas se remontaban por el aire y cantaban. La hierba centella comenzaba ya a florecer en los barbechos y a la vera de los caminos. Lejos, en las alturas, un halcón trazó un amplio círculo en el cielo. Ged alzó los ojos y una vez más levantó la mano. Rauda se abatió el ave, en una precipitación de plumas al viento, y fue a posarse en la muñeca extendida de Ged, aferrándose a ella con garras amarillas. No era un gavilán sino un gran halcón de Roke, un halcón pescador de franjas blancas y pardas. Miró un instante de soslayo al Archimago, con un ojo redondo, de oro reluciente; luego, chasqueando el pico ganchudo, le escrutó el rostro con sus dos ojos redondos, de oro reluciente. —Intrépido —le dijo el hombre en la Lengua de la Creación—. Intrépido.

El gran halcón batió las alas y apretó las garras, observándolo.

—Ve pues, hermano, intrépido.

El labriego, en la distante falda de la colina bajo el sol resplandeciente, se había detenido a mirar. Una vez, en el último otoño, había visto al Archimago con un pájaro salvaje en la muñeca, y un instante después ya no había allí ningún hombre, sino dos halcones que subían en el viento.

Esta vez se separaron mientras el labriego los observaba: el ave se elevó por el aire, el hombre siguió caminando a través de los campos fangosos.

Tomó por el sendero que conducía al Boscaje Inmanente, un sendero que iba siempre en línea recta, por mucho que el tiempo y el mundo se torcieran alrededor de él, y no tardó en llegar a la sombra de los árboles.

Algunos de los troncos eran muy grandes. Mirándolos uno podía convencerse al fin de que el Boscaje jamás se movía: los troncos eran como torres inmemoriales, grises de años, y las raíces como las raíces de las montañas. Sin embargo, entre éstos, los más antiguos, los había ralos de follaje, y con algunas ramas muertas. No eran inmortales. Pero entre los gigantes crecían también árboles jóvenes, altos y vigorosos, con brillantes coronas de follaje, y retoños, varas gráciles y tupidas, no más altas que una niña.



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