
El gran halcón batió las alas y apretó las garras, observándolo.
—Ve pues, hermano, intrépido.
El labriego, en la distante falda de la colina bajo el sol resplandeciente, se había detenido a mirar. Una vez, en el último otoño, había visto al Archimago con un pájaro salvaje en la muñeca, y un instante después ya no había allí ningún hombre, sino dos halcones que subían en el viento.
Esta vez se separaron mientras el labriego los observaba: el ave se elevó por el aire, el hombre siguió caminando a través de los campos fangosos.
Tomó por el sendero que conducía al Boscaje Inmanente, un sendero que iba siempre en línea recta, por mucho que el tiempo y el mundo se torcieran alrededor de él, y no tardó en llegar a la sombra de los árboles.
Algunos de los troncos eran muy grandes. Mirándolos uno podía convencerse al fin de que el Boscaje jamás se movía: los troncos eran como torres inmemoriales, grises de años, y las raíces como las raíces de las montañas. Sin embargo, entre éstos, los más antiguos, los había ralos de follaje, y con algunas ramas muertas. No eran inmortales. Pero entre los gigantes crecían también árboles jóvenes, altos y vigorosos, con brillantes coronas de follaje, y retoños, varas gráciles y tupidas, no más altas que una niña.
