
Porque estaban solos, y él era una de las siete personas en el mundo que conocía el nombre del Archimago. Las otras eran el Maestro de Nombres de Roke; y Ogion el Silencioso, el hechicero de Re Albí, el que hacía ya largos años diera a Ged ese nombre en la montaña de Gont; y la Dama Blanca de Gont, Tenar-del-Anillo; y un hechicero de aldea en Iffish llamado Algarrobo; y en Iffish, también, la mujer de un carpintero, madre de tres hijas, ignorante de las cosas de la magia pero sabia en otras cuestiones, a quien llamaban Milenrama; y por último del otro lado de Terramar, en el Confín de Poniente, dos dragones: Orm Embar y Kalessin.
—Hemos de reunimos esta noche —dijo el Archimago—. Iré a ver al Maestro de las Formas. Y mandaré recado a Kurremkarmerruk, para que deje de lado las listas y permita que sus alumnos descansen por una noche, y acuda a nuestra reunión, aunque no venga en carne y hueso. ¿Puedes ocuparte de los otros?
—Sí—dijo el Portero, sonriendo, y desapareció; y también el Archimago desapareció; y la fuente siguió hablando consigo misma, serena e incesante, a la luz del sol de aquel temprano día de primavera.
En un paraje hacia el oeste de la Casa Grande de Roke, y también un poco hacia el sur, es posible alcanzar a ver el Boscaje Inmanente. No figura en los mapas y no hay modo de llegar a él excepto para aquellos que conocen el camino. Sin embargo, hasta los novicios y aldeanos y labriegos pueden verlo, siempre a cierta distancia: un bosque de árboles altos cuyo follaje verde tiene un toque de oro, incluso en primavera. Y ellos —los novicios, los aldeanos, los labriegos— piensan que el Boscaje se desplaza de un lado a otro para confundir a la gente. Pero en eso se equivocan, porque el Boscaje no se mueve. Las raíces de esos árboles son las raíces del ser. Es todo lo demás lo que se mueve.
Ged salió de la Casa Grande y echó a andar a campo traviesa.
