
Bajo los árboles el suelo era blando, enriquecido por el mantillo de las hojas caídas a lo largo de años innumerables. En él crecían helechos y pequeñas plantas silvestres, pero de árboles sólo había una especie, aquella que no tenía nombre en la lengua hárdica de Terramar. Bajo las ramas, el aire olía a frescura y a tierra, y sabía en la boca a agua viva de manantial.
En un claro, despejado años atrás por la caída de un árbol enorme, Ged encontró al Maestro de las Formas, que habitaba en el Boscaje y nunca o casi nunca salía de él. Tenía el cabello amarillo como la mantequilla: no era un archipelagiano. Desde que fuera restaurado el Anillo de Erreth-Akbé, los bárbaros de Kargad ya no invadían las Comarcas del Interior. No eran gente afable y se mantenían aislados. Pero de tanto en tanto un joven guerrero o el hijo de un mercader partía solo hacia el oeste, atraído por el afán de aventuras o el deseo de aprender las artes de la magia. Uno de ellos había sido el Maestro de las Formas. Diez años atrás, un joven salvaje de Karego-At, de espada al cinto y penacho rojo, había llegado a Roke en una mañana lluviosa y había anunciado al Portero en un hárdico imperioso y escueto: «¡Vengo a aprender!».
Y ahora estaba allí, a la luz auriverde bajo los árboles, un hombre alto y apuesto de largos cabellos rubios y extraños ojos glaucos, el Maestro de las Formas de Terramar.
Es posible que también él conociera el nombre de Ged, pero en todo caso nunca lo pronunciaba. Se saludaron en silencio.
—¿Qué estás observando? —preguntó el Archimago, y el otro respondió—: Una araña.
En el claro, entre dos altas hojas de hierba, una araña había tejido una tela, un círculo delicadamente suspendido. Las hebras de plata rutilaban a la luz del sol. En el centro, la hilandera esperaba, una criatura entre gris y negra no más grande que la pupila de un ojo.
