
—También ella hace formas —dijo Ged, estudiando la ingeniosa tela.
—¿Qué es el mal? —preguntó el hombre más joven.
La telaraña redonda, con su centro negro, parecía observarlos.
—Una tela que tejemos nosotros, los hombres —respondió Ged.
En aquel bosque ningún pájaro cantaba. Estaba en silencio a la luz del mediodía, y hacía calor. En torno de los dos magos se alzaban los árboles y las sombras.
—Hay noticias de Narveduen y de Enlad: las mismas.
—Sur y suroeste. Norte y noroeste —dijo el Hacedor de Formas, sin apartar los ojos de la telaraña.
—Nos reuniremos aquí esta noche: es el mejor sitio para celebrar consejo.
—Yo no tengo ningún consejo. —El Hacedor de Formas miró a Ged con ojos verdosos y fríos—. Tengo miedo —dijo—, hay miedo. Hay miedo en las raíces.
—Sí —dijo Ged—. Tendremos que buscar las causas profundas. Demasiado tiempo hemos disfrutado de la luz del sol, descansando en esa paz que trajo consigo la restitución del Anillo, cumpliendo tareas nimias, pescando en las aguas bajas. Esta noche tendremos que consultar los arcanos. —Y con estas palabras se marchó, dejando a solas al Maestro de las Formas, que miraba aún la araña suspendida de las hierbas a la luz del sol.
En el linde del Boscaje, allí donde las copas de los grandes árboles se alzaban sobre el suelo ordinario, se sentó de espaldas contra una raíz corpulenta, la vara en cruz sobre las rodillas. Cerró los ojos como para descansar, y envió un pensamiento emisario a través de las colinas y los campos de Roke, hacia el norte, hasta el cabo azotado por las olas marinas en que se alza la Torre Solitaria.
—Kurremkarmerruk —dijo, en espíritu, y el Maestro de Nombres alzó los ojos del voluminoso libro de nombres de raíces y hierbas y hojas y semillas y pétalos que estaba leyendo a sus alumnos, y dijo:
