
—Mi señor, qué… —La voz se le atragantó un momento—. ¿Qué es lo que buscáis?
—No lo sé, Arren.
—Entonces…
—Entonces, ¿cómo podré buscarlo? Tampoco lo sé. Tal vez eso que busco me busque a mí —dijo, y miró a Arren con una leve sonrisa.
Pero el rostro del Archimago era como de hierro a la luz gris de las ventanas.
—Mi señor —le dijo Arren, ahora con voz firme—, es verdad que desciendo de la estirpe de Morred, si una genealogía tan antigua puede rastrearse con alguna certeza. Y si llego a serviros, lo consideraré como mi mayor ventura y el más alto honor de mi vida. Pero temo que me toméis por más de lo que soy.
—Tal vez —dijo el Archimago.
—No tengo dotes ni talentos extraordinarios. Manejo la espada corta y la espada noble. Puedo timonear una barca. Conozco las danzas cortesanas y las danzas campesinas. Puedo arreglar una querella entre cortesanos. Sé defenderme en la lucha cuerpo a cuerpo, soy un arquero torpe, y hábil en el juego de balón-red. Sé cantar, y tocar el arpa y el laúd. Y eso es todo. No hay más. ¿Qué ayuda podré prestaros? El Maestro de Invocaciones tiene razón…
—Ah, notaste eso, ¿verdad? Está celoso. Reclama el privilegio de una lealtad más antigua.
—Y de una mayor competencia, mi señor.
—¿Preferirías, entonces, que fuera él quien me acompañase, y tú el que se quedara?
—¡No! Pero temo…
—¿Temes qué?
En los ojos del muchacho asomaron unas lágrimas. —Temo fallaros —dijo.
El Archimago se volvió de nuevo hacia el fuego. —Siéntate, Arren —dijo, y el muchacho fue a sentarse en el rincón del hogar, sobre el banco de piedra—. Yo no te considero un hechicero, ni un guerrero, ni ninguna cosa ya definitiva. No sé lo que eres, pero me alegra saber que puedes timonear una barca… Lo que serás, nadie lo sabe. Pero una cosa sé: que eres el hijo de Morred y de Serriadh.
