El capitán puso mala cara. Sabía cómo podía ser recibido por el Príncipe de Enlad el portador de semejante nueva. —Tendré que llevar una palabra escrita de vuestro puño y letra, príncipe —dijo.

Considerando que esto era justo, Arren partió de prisa. Sentía que tenía que hacerlo todo en el momento y encontró una extraña tiendecita en la que compró una piedra de tinta, un pincel y una hoja de papel terso y grueso como el fieltro; luego volvió a paso rápido a los muelles y se sentó en el embarcadero para escribir a sus padres. Cuando imaginó a su madre con esa misma hoja de papel en la mano, leyendo la carta, lo invadió una profunda tristeza. Ella era una mujer alegre y paciente, pero Arren sabía que él era la fuente de ese contentó, y que ella esperaba ansiosa a que él regresara. No había modo de que olvidara esa larga ausencia. La carta fue seca y breve. Firmó con la runa-espada, selló la carta con un poco de brea para calafatear que encontró en un caldero, y la entregó al capitán del navío. De pronto: —¡Espera! —dijo; como si la nave fuese a levar anclas en ese mismo instante, y echó a correr cuesta arriba por el empedrado de las calles escarpadas hacia la extraña tiendecita. Le fue difícil dar con ella porque había algo raro en las calles de Zuil: era casi como si los recodos y revueltas fuesen distintos cada vez. Dio al fin con la calleja que buscaba, y entró en la tienda como una exhalación, apartando las sartas de abalorios que adornaban la entrada. Antes, cuando comprara la tinta y el papel, había visto en un escaparate de broches y prendedores uno de plata que tenía la forma de una rosa silvestre; y su madre se llamaba Rosa—. Llevaré éste —dijo con un aire de impaciencia principesca.

—Una antigua orfebrería de plata de la Isla de O. Veo que sois buen conocedor de antigüedades —dijo el tendero, mirando no la espléndida vaina, sino la empuñadura de la espada de Arren—. Os costará cuatro marfiles.



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