
Arren pagó sin protestar el precio más bien alto; tenía la escarcela repleta de las piezas de marfil que en las Comarcas Interiores se utilizan como dinero. La idea de un regalo para su madre lo complacía; el acto de comprar lo complacía; al salir de la tienda apoyó la mano en el pomo de la espada, con un toque de jactancia.
El Príncipe le había dado esa espada cuando Arren iba a dejar Enland, el día anterior, y él la había recibido solemnemente; y la había llevado en el cinto como si fuese un deber, incluso durante la travesía. Sentía con orgullo el peso del arma sobre la cadera, el peso de los años incontables sobre la mente. Porque aquella era la espada de Serriadh, el hijo de Morred y Elfarran; no había en el mundo ninguna más antigua, a no ser la espada de Erreth-Akbé, que estaba clavada en la cumbrera de la Torre de los Reyes, en Havnor. Ésta no había estado guardada jamás, siempre había sido usada; y sin embargo, los siglos no la habían gastado, ni debilitado, pues la habían forjado con un encantamiento muy poderoso. La historia decía que nunca había sido desenvainada, y jamás lo sería, excepto al servicio de la vida. Jamás se dejaría esgrimir para saciar la sed de sangre, de codicia o de venganza, ni en guerras de conquista. De ella, el tesoro más grande del palacio, había recibido Arren su nombre común: Arrendek la llamaba de niño: «la pequeña Espada».
El nunca la había utilizado, ni tampoco su padre, ni su abuelo. La paz había reinado en Enlad durante muchos años.
Y ahora, en la calle de la extraña ciudad de la Isla de los Magos, la empuñadura de la espada le parecía extraña cuando la tocaba. La sentía indócil y fría. Era pesada, le entorpecía la marcha; tironeaba de él. La impresión de maravilla persistía, pero se había enfriado.
