
Y no encontraba respuesta a estas preguntas.
3. Hortburgo
En la oscuridad que precede al alba, Arren se puso las ropas que le habían dado, una indumentaria marinera muy gastada pero limpia, y por los corredores silenciosos de la Casa Grande se encaminó de prisa hacia la puerta del este, tallada en cuerno y diente de dragón. Allí el Portero le abrió la puerta y le indicó el camino con una ligera sonrisa. Arren echó a andar por la calle más alta de la villa y luego por un sendero que descendía hasta las casetas de botes de la Escuela, en la playa de la bahía, al sur de los diques de Zuil. Apenas si veía el camino. Los árboles, los tejados, las colinas eran bultos negros e informes. El aire oscuro no se movía, y hacía mucho frío. Todo era quietud, silencio, recogimiento y oscuridad. Sólo en el este, por encima del mar insondable, se divisaba una vaga línea clara: el horizonte, que parecía volcarse hacia el sol todavía invisible.
Llegó a la escalera de la caseta. No había nadie allí, ningún movimiento. Envuelto en un grueso capote marinero y con gorra de lana, Arren no sentía frío, pero tiritaba mientras aguardaba en la oscuridad, en los peldaños de piedra.
Las casetas se recortaban negras contra la negrura del agua, y de pronto llegó de allí un golpe seco, tres veces repetido. A Arren se le erizaron los cabellos. Una sombra alargada resbaló, silenciosa, sobre el agua: una embarcación se deslizaba hacia el muelle. Arren se precipitó escaleras abajo, corrió hasta el espigón y saltó a la barca.
