
—Ponte al timón —dijo el Archimago, una figura borrosa que se movía, ágil, en la proa— y sujétalo con firmeza mientras yo izo la vela.
Estaban ya fuera del puerto, y la vela, desplegándose como un ala blanca, reflejaba la luz creciente.
—Sopla un viento del oeste y no tenemos que remar para salir de la bahía, un regalo de despedida del Maestro de Vientos, no me cabe duda. Presta atención, hijo, ¡la barca es muy ligera de timón! Bien. Un viento del oeste, y un amanecer claro para el Día de Equilibrio de la primavera.
—¿Es Miralejos esta barca? —Arren conocía de oídas la embarcación del Archimago, a través de cantares y leyendas.
—Sí —dijo el otro, atareado con los cordajes. La barca corcoveaba y viraba a medida que arreciaba el viento; Arren apretó los dientes y se esforzó por mantener el rumbo.
—Es ligera de timón, pero un tanto empecinada, señor.
El Archimago rió. —Déjala que haga su voluntad; también es sabia. Escucha, Arren —y se arrodilló sobre la bancada para mirar de frente al muchacho—, yo no soy señor ahora, ni tú eres un príncipe. Yo soy un mercader y me llamo Halcón, y tú eres mi sobrino, a quien estoy haciendo conocer los mares, y te llamas Arren; porque venimos de Enlad. ¿De qué ciudad? Una grande, por si nos topamos con algún conciudadano.
—¿Temeré, en la costa meridional? Las gentes de allí comercian con todos los Confines.
El Archimago asintió.
—Pero —dijo Arren con cautela—, vos no tenéis el acento de Enlad.
—Lo sé. Tengo el acento de Gont —dijo el Archimago riéndose, y alzó los ojos hacia la claridad del Levante—. Pero pienso que tú podrás prestarme lo que necesito. Así pues, venimos de Temeré en nuestra barca Delfín, y yo no soy ni señor, ni mago, ni Gavilán, sino… ¿cómo me llamo?
