—Halcón, mi señor —dijo Arren, y en seguida se mordió la lengua.

—Práctica, sobrino mío —dijo el Archimago—. Práctica es lo que necesitas. Tú nunca has sido otra cosa que un príncipe. Yo en cambio he sido muchas cosas, y la última, y quizá la menos importante, un Archimago… Vamos rumbo al sur, en busca de la emelita, esa piedra verde que se usa para tallar amuletos. Sé que es muy apreciada en Enlad. Hacen con ella amuletos contra el reumatismo, las luxaciones, los tortícolis y los deslices de la lengua.

Tras un momento de perplejidad, Arren se echó a reír; y cuando alzó la cabeza y la barca se encaramó sobre una larga ola, vio el limbo del sol contra el filo del océano, un fulgor de oro súbito allá, delante de ellos.

Gavilán estaba de pie con una mano en el mástil, pues la ligera embarcación saltaba sobre las olas encrespadas, y él cantaba de cara al sol naciente del equinoccio de primavera. Arren no conocía el Habla Arcana, la lengua de los magos y de los dragones, pero adivinaba el júbilo y las alabanzas que había en las palabras, ordenadas en largas cadencias, como el flujo y el reflujo de las mareas o el equilibrio del día y de la noche en eterna sucesión. Las gaviotas graznaban en el viento, y las costas de la Bahía de Zuil se deslizaban a derecha e izquierda. Así penetraron en las olas largas, cuajadas de luz, del Mar Interior.

De Roke a Hortburgo no hay mucha distancia, pero pasaron tres noches en alta mar. El Archimago, que se había mostrado ansioso por partir, ahora que estaban en viaje era más que paciente.

Aunque los vientos empezaron a soplar en contra tan pronto se alejaron de la atmósfera encantada de Roke, no levantó un viento de magia como cualquier hacedor de vientos hubiera hecho; pasó, por el contrario, largas horas enseñando a Arren a dominar la barca contra los fuertes vientos de proa, en el mar erizado de rocas al este de Isel.



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